El juego de los novillos de El Añadío imposibilita el lucimiento de Tomás González y Ruiz de Velasco.

Carlos Bueno.-  Dos no riñen si uno no quiere. Y en este caso uno no quiso. No quiso el novillo, ningún novillo. Y ningún novillero pudo reñir con ellos. Digamos, para que se entienda, que no pudieron torear en el sentido moderno del concepto, el de pegar pases medianamente ligados para crear una mínima emoción. Lo intentaron, se justificaron, tuvo mérito estar planteando posibles recursos aunque no hubiera soluciones. Pero no es eso lo que se espera de una tarde de toros.

No quisieron los de El Añadío. Los dos primeros más en el tipo santacolomeño y los dos segundos más despegados del piso. No quisieron los cárdenos ni los negros. Sacó genio el primero y peligro sordo el segundo. Y resultaron muy desrazados tercero y cuarto.

Tomás González abrevió frente al que abría la tarde, que no pasaba, que se frenaba en el momento del embroque echando la cara arriba. E intentó dar los pases de uno en uno con el tercero, que siempre salió distraído de cada muletazo, topando, sin recorrido.

Las faenas de Ruiz de Velasco tuvieron interés, que no brillantez. El primero de su lote le echaba una miradita antes de coger los vuelos de la franela y nunca acabó de ir metido en los engaños ni hasta el final. El que cerraba el festejo tampoco metió la cara ni una sola vez, embistiendo a su aire y con la cara arriba. Insistió el burgalés y su empeño pudo haber tenido recompensa de no haber pinchado.

Ya lo dijo El Gallo: “Lo que no pué ser, no pué ser, y además es imposible”.

Ficha del festejo:

21 de septiembre de 2026. Algemesí, 3ª de feria. Lleno. Novillos de El Añadío desiguales de presentación y deslucidos. 1º con genio, 2º, 3º y 4º desrazados.

Tomás González: silencio tras aviso y silencio.

Ruiz de Velasco: vuelta al ruedo y vuelta al ruedo tras petición.